Los medios hegemónicos de la derecha continental que tanto escándalo hicieron con el golpe de Estado de noviembre de 2019 en Bolivia, presentándolo como un “levantamiento democrático”, guardan hoy silencio sepulcral o a lo sumo relegan a sus últimas páginas la noticia del contundente triunfo del MAS, con Luis Arce a la cabeza, en la primera vuelta de las elecciones en dicho país. ¿Qué pasó? No es que se trataba de un pueblo harto de un dictador, Evo Morales en este caso, del que finalmente se había librado.

La realidad, como dijimos en su momento, es que la derecha boliviana y aún los sectores de centro liderados por Carlos Mesa, de la mano con los Estados Unidos, se han opuesto a las transformaciones sociales llevadas adelante por el MAS, liderado por el entonces presidente Evo Morales entre 2006 y 2019. Estas transformaciones, de manera similar a las que en tiempos coincidentes se llevaron adelante en otros países de América Latina, pusieron a Bolivia en un curso de construcción hegemónica que a partir de la distribución de los recursos y la afirmación de la soberanía ha tenido como objetivo construir un Estado distinto, que estableciera una identidad plurinacional como comunidad de destino para todos los pueblos de Bolivia. Este objetivo constituye una reivindicación milenaria para los habitantes de ese país y necesariamente un parteaguas con la minoría dominante de ancestro europeo. El viraje hegemónico se convierte así, no sólo en la política y la economía, sino también cultural y simbólicamente, en insoportable para los sectores dominantes.

En este curso, el MAS y Evo Morales, promovieron un amplio proceso de democratización social que significó el reconocimiento de todos los bolivianos como iguales. Esta cuestión, central para cualquier democracia, causó sin embargo especial conmoción en Bolivia, donde había algunos, los menos, que históricamente se han considerado más iguales que la mayoría. Pero, esta democratización social tuvo su efecto, dándole al MAS sucesivas mayorías abrumadoras que permitieron una nueva Constitución y 14 años de gobierno de Morales.

Aunque la longitud del mandato resultó a la postre en graves errores de liderazgo. El más importante de ellos, el afán de una cuarta reelección por parte de Evo Morales, contradiciendo el resultado de un referéndum llamado para tal fin. En este punto el proceso boliviano se vio atravesado por el dilema que han pasado varios gobiernos progresistas: ¿reelegir o no reelegir a sus líderes, arreglando para ello leyes y constituciones? En Argentina con los Kirchner, en Brasil con Lula y Dilma, en Ecuador con Correa, se procedió, no sin tropiezos, pero de acuerdo a ley. Tanto en Venezuela como en Bolivia el asunto ha presentado graves problemas y consecuencias. Creo que el fondo de la cuestión es si se pueden llevar adelante transformaciones sociales en democracia con el pluralismo y la competencia política que ella implica.

El golpe de hace un año tuvo como ingrediente central este grave error de Evo Morales, aprovechado por la reacción local y el imperio norteamericano que lógicamente viven al acecho. Este error, hay que remarcarlo, es el que Luis Arce, presidente electo, ha reconocido plenamente durante la campaña. Le ha costado al MAS y a Evo Morales el duro peregrinaje de la represión y el exilio aprender de esta experiencia.

Por lo demás, el pueblo boliviano ha sabido responder con su resistencia al golpe, su reorganización desde las bases y mostrándole al mundo que los catorce años de democratización social promovidos han dejado marcas en su conciencia histórica que los poderosos no han podido borrar y que hoy permite que vuelvan a elegir a un gobierno popular. La construcción de una hegemonía plurinacional vuelve así a su cauce señalando el futuro del país del altiplano.

Este triunfo dista, sin embargo, de ser un suceso solo boliviano. Su repercusión en el resto de América Latina es indudable. Va a influir en el plebiscito chileno del 25 de octubre y también en las elecciones ecuatorianas de febrero de 2021; esperamos que esta influencia también ocurra en las elecciones peruanas de abril de 2021. Pero, sobre todo, abona en favor de un reequilibrio de fuerzas en América Latina, luego de la ofensiva derechista de los últimos años para contrarrestar el “giro a la izquierda” de los primeros tres lustros de este siglo. La democracia, insiste de esta manera en dejar de ser el artefacto para perpetuar el gobierno de las minorías y pasa, con avances y retrocesos, a convertirse en la herramienta de los pueblos para construir regímenes políticos en los que gobiernen las mayorías.

Por: Nicolás Lynch

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